LA CALLE, TERRITORIO
HOSTIL
Hace unos días volvía muy tarde de una
cena y, después de haber aparcado el coche en una zona cercana a mi domicilio,
vi a un desconocido al otro lado de la
calle que se me acercaba haciendo algún gesto desconcertante. Iba bien vestido
y su aspecto era cuidado, nada que hiciera saltar las alarmas. No me percaté de
su estado de embriaguez hasta que estuvo cerca. Emitió
unas palabras que no acerté a entender lo que decían. Comencé a andar más rápido para llegar al portal de mi
casa. No me atrevía a mirar atrás. El
pulso se me aceleró, notando cómo los nervios hacían que me temblaran las manos
y me ardiera la cara. Mi miedo se había convertido en pánico.
Luego puedes pensar: “Qué tonta, no era para tanto”.
Sin embargo, otras noches has
corrido con las llaves entre los dedos. Y en otras, fingir hablar por el móvil,
con tus familiares o algún amigo. Mientras abres la puerta del portal,
nerviosa. Y al llegar, ni siquiera girar la cabeza para verle
la cara.
Y entonces escribes “Ya he llegado. Estoy bien” en el grupo de wasap de tus
amigas, antes de cerrar la puerta. Dejas
las llaves encima del mueble de la entrada. Y resoplas “Otra vez más lo he conseguido, otra vez más no me ha pasado nada”, te dices.
Son las seis de la mañana. Vuelves a coger el móvil y en la pantalla ves
repetido el mismo mensaje todas tus amigas han llegado a casa, es hora de irse a
dormir.
El
acoso se manifiesta de muchas formas: esas
miradas lascivas, un silbido desde el fondo de la calle, algún chiste sin
gracia en la parada vacía de metro…, y a veces esos grupos
de chicos que se sientan a tu lado en el autobús y te sueltan sus comentarios
subidos de tono. La inseguridad que sentimos cada noche las mujeres al volver a
casa, nos hacen pensar también en alguna
amiga que tuvo “mala suerte”.
No hay
excusa que valga. No hay provocaciones, lo único de lo que tenemos que hablar
es de respeto. La verdadera valentía está en afrontarlo, en hablar de este tema
incómodo, en enseñar al mundo que hay muchas formas de pasarlo mal. Los acosadores no deben olvidar que muchas de
las mujeres agraviadas podrían ser su hermana, su madre, su amiga, y que las mujeres merecen
todo el respeto.
El
acoso sutil (y no tan sutil) al que las mujeres nos vemos frecuentemente expuestas
interviene en nuestra percepción de que existe una amenaza real de ser
agredida, en cualquier momento. Y no fingir ante la sociedad, que no existe. Todas
las mujeres, sin importar la edad, forma de vestir o el color del
pintalabios, todas, nos merecemos volver a casa tranquilas porque salir a la calle sin miedo es un derecho.
La pena es que en esta sociedad en la que vivimos aún tengamos
que hacerlo con ese miedo que pocos comprenden y muchas sufrimos, que te hace
mirar a tus espaldas o no pasar por un callejón oscuro. La idea que subyace es que una mujer sola en la calle es una
víctima potencial de agresiones sexuales por parte de algunos hombres y que,
por ello, la calle –incluso esa que recorres a diario– es un territorio hostil.
Rebeca Mundo