viernes, 6 de diciembre de 2019


LA CALLE, TERRITORIO HOSTIL

         Hace unos días volvía muy tarde de una cena y, después de haber aparcado el coche en una zona cercana a mi domicilio, vi a un  desconocido al otro lado de la calle que se me acercaba haciendo algún gesto desconcertante. Iba bien vestido y su aspecto era cuidado, nada que hiciera saltar las alarmas. No me percaté de su estado de embriaguez hasta que estuvo cerca. Emitió unas palabras que no acerté a entender lo que decían.  Comencé a andar  más rápido para llegar al portal de mi casa.  No me atrevía a mirar atrás. El pulso se me aceleró, notando cómo los nervios hacían que me temblaran las manos y me ardiera la cara. Mi miedo se había convertido en pánico.

         Luego puedes pensar: “Qué tonta, no era para tanto. Sin embargo, otras noches  has corrido con las llaves entre los dedos. Y en otras, fingir hablar por el móvil, con tus familiares o algún amigo. Mientras abres la puerta del portal, nerviosa. Y al llegar,  ni siquiera girar la cabeza para verle la cara. Y entonces escribes “Ya he llegado. Estoy bien” en el grupo de wasap de tus amigas, antes de cerrar  la puerta. Dejas las llaves encima del mueble de la entrada. Y resoplas “Otra vez más lo he conseguido, otra vez más no me ha pasado nada”, te dices. Son las seis de la mañana. Vuelves a coger el móvil y en la pantalla ves repetido el mismo mensaje todas tus amigas han llegado a casa, es hora de irse a dormir.  

         El acoso se manifiesta de muchas formas: esas miradas lascivas, un silbido desde el fondo de la calle, algún chiste sin gracia en la parada vacía de metro…, y a veces esos grupos de chicos que se sientan a tu lado en el autobús y te sueltan sus comentarios subidos de tono. La inseguridad que sentimos cada noche las mujeres al volver a casa,  nos hacen pensar también en alguna amiga que tuvo “mala suerte”.

         No hay excusa que valga. No hay provocaciones, lo único de lo que tenemos que hablar es de respeto. La verdadera valentía está en afrontarlo, en hablar de este tema incómodo, en enseñar al mundo que hay muchas formas de pasarlo mal.  Los acosadores no deben olvidar que muchas de las mujeres agraviadas podrían ser su hermana, su  madre, su amiga, y que las mujeres merecen todo el respeto.  

         El acoso sutil (y no tan sutil) al que las mujeres nos vemos frecuentemente expuestas interviene en nuestra percepción de que existe una amenaza real de ser agredida, en cualquier momento. Y no fingir ante la sociedad, que no existe.  Todas  las mujeres, sin importar la edad, forma de vestir o el color del pintalabios, todas, nos merecemos volver a casa tranquilas porque salir a la calle sin miedo es un derecho.

          La pena es que  en esta sociedad en la que vivimos aún tengamos que hacerlo con ese miedo que pocos comprenden y muchas sufrimos, que te hace mirar a tus espaldas o  no pasar por  un callejón oscuro. La idea que subyace es que una mujer sola en la calle es una víctima potencial de agresiones sexuales por parte de algunos hombres y que, por ello, la calle –incluso esa que recorres a diario– es un territorio hostil.

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                                                                                                        Rebeca Mundo

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